del mercosur e integraciones

Ya pasó felizmente la prueba a la que se sometió San Luis al organizar la X Reunión Cumbre de Presidentes del Mercosur. Felizmente porque los visitantes (ilustres o no) encontraron una buena organización, junto a la calidez de nuestro pueblo. Queda por analizar si todo lo que se hizo fue una buena inversión. A juzgar por la calidad de algunas pinturas y de los parches asfálticos, muchas obras parecen ser uno más de los tantos gastos mal hechos ya conocidos. Otro análisis merecen algunos medios nacionales que trasladan el rechazo a la figura del gobernador, a una crítica feroz a toda nuestra realidad provincial. Los que vivimos y sufrimos el adolfato no queremos caer en eso y creemos no hacerlo.

Pero lo que interesa aquí y ahora es el propio Mercosur, su significado y alcances.

El capitalismo, triunfante en este momento de la historia, impone la globalización y necesita de zonas francas de libre comercio internacional para su existencia y expansión. En una economía globalizada, regida por grandes corporaciones económicas más que por países, las fronteras, las políticas y las legislaciones nacionales son un obstáculo al crecimiento económico capitalista. Entonces, a través de un sencillo ejercicio de poder aparecen estos mercados comunes. Que se constituyen así en una necesidad y en signo de la época.

Entonces, ¿el Mercosur es malo?. Ni tanto, ni tan poco. Simplemente no hay que engañarse. No es, por sí solo una panacea para los pueblos, pero en este momento si no nos integramos a él, nos irá mucho peor de lo que nos va ahora.

Esta economía actual globalizada, tecnificada y computarizada no es generadora de empleo, ni de mejoras sensibles y rápidas para los pueblos. Y lo estamos advirtiendo a través de la paradoja de la mejora de los índices económicos de crecimiento, mientras crecen también el desempleo, la pobreza y las regiones con sus economías al borde de la destrucción. Y todo en un ambiente consumista creciente a instancias de una publicidad invasora que no siempre nos permite hacer la pausa necesaria para pensar en dónde estamos, qué hacemos y qué nos pasa.

El hecho de que el sistema capitalista impere en este mundo de hoy, no le da patente de bueno, ni de justo. ni de ideal de vida para los pueblos. A partir de esta realidad hay que incorporar lo necesario para que se humanice. Para que la economía, la cultura, la tecnología, la sociedad toda se construyan a la medida del hombre. A partir de la dignidad de las personas, del bien común, de la justicia social, de la solidaridad.

Estas son metas de nosotros, los seres humanos reales, no de las corporaciones económicas; por lo que habremos de buscar formas de introducirlas. Es tarea de los pueblos y de sus gobernantes, sin caer en la compra de vidrios de colores. Hay que empezar a construir lo que tantas veces se ha denominado la civilización del amor. Una utopía digna de ser asumida.

La idea es más o menos, la de humanizar este momento de la civilización humana. Tener un punto de partida distinto a la acumulación de poder y riqueza y un fin distinto también a la acumulación de poder y tristeza.

Existen muchas formas de empezar esta tarea. Todas comienzan con nuestra participación en el Mercosur, de sus crecimientos y de todas las asociaciones que surjan de la globalización.

Hablar de globalización es hablar también de integración (económica, cultural, social, etc.). Pero es bueno precisar que si habremos de integrarnos al mundo será sin dudas a partir de asumir íntegramente nuestra cultura, nuestros modos de sentir y de ser. Si llevamos lo nuestro con convicción, sabrán quienes somos y nos respetarán. Si vamos a la integración copiando u obedeciendo, quizás nos aplaudan; pero seguramente no nos respetarán.

Debemos saber elegir entre integrarnos siendo nosotros mismos, o diluirnos convirtiéndonos en furgón de cola de las corporaciones. Si logramos integrarnos podremos actuar en mejorar este sistema vigente. Si permitimos nuestra disolución tendremos siempre a cargo el peor papel.

Lamentablemente el menemismo da muchas muestras de esto último. Y es una de las cuestiones que más nos deben preocupar a partir de estos recientes logros del Mercosur. Se mira con demasía la aprobación extranjera, mientras que internamente se aplican con toda frialdad recetas destructivas.

Poco y nada se hace para encontrar el justo equilibrio que nos permita crecer armónicamente y así integrarnos.

Para Argentina la globalización está empezando. Al menemismo parece resultarle más fácil conducirla hacia una obediente disolución que hacia la integración. Debemos entonces bregar por un cambio de rumbo, para que al menos en esta parte del mundo la economía se acuerde de los hombres y no solamente de las corporaciones. 

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Publicada en EL DECAMERÓN – Año 1 – Número 20 – 3 de Julio de 1996