Elecciones 2011 – I: El pueblo…¿se equivoca?

Cuando en una democracia se acude a las urnas, el resultado se acepta.  No hay discusión. Es así nuestro sistema democrático. Guste o no, convenga o no, así es el sistema.

Claro está que es requisito para una democrática aceptación de los resultados de  democráticas elecciones  el que éstas se realicen en un democrático y transparente proceso. De cabo a rabo.

Es sabido y vivido  que en todas las elecciones hay maniobras que van de la picardía al fraude liso y llano. Por lo  general   a cargo de quienes tienen  el poder, requisito básico para concretarlas.

Se  sabe que las habrá, se las espera y sólo se busca  descubrirlas a tiempo y minimizar su impacto.   Lo que configura para el pueblo y para la democracia una  estafa, que por reiterada, es parte del escenario y no cabe ser muy optimista en cuanto a su desaparición  en el corto plazo.

Concretadas las elecciones  y conocidos los resultados, surgen  comentarios  que van desde:    el pueblo no sabe votar,   el pueblo se equivocó;  a los del tipo vox  populi, vox dei y la recordada frase de  Perón: el pueblo no se equivoca.  Frase que   es considerada  poco menos  que  un dogma de fe  por los que ganan, sean ellos quienes sean.

Pero como en estas cosas electorales no hay dogmas,  hay que  adentrarse en los complicados laberintos de un tema como éste.  Además hay que aprender de cada instancia  de nuestra vida.

En primer lugar los humanos, individual, grupal o socialmente considerados, no somos dioses, por lo tanto nos cabe la posibilidad del error, el que está en la vuelta de la esquina para cada actividad humana;  por lo que habrá que ser  objetivo y sereno  al intentar ver el por qué de algunos resultados, de los sorpresivos, los  que  asustan  o enojan.

 

Cómo es nuestra política.

Votamos para elegir a nuestros representantes  para los próximos años.   Por lo cual cabría esperar que la decisión electoral tenga que ver con la adhesión o el rechazo para con las políticas que se propongan a corto, mediano y largo plazo.  Tanto lo que se le propone electoralmente al pueblo, como lo que éste elige  no debieran ser mercancía  de ocasión.

Nuestra política  es cada vez más personalista y centrada en adhesiones a  líderes o jefes. Las propuestas pueden venir  diluidas o enredadas en lo verbal;  otras, puro pragmatismo como se dice hoy. No suelen estar demasiado explicadas,  ni desarrolladas; sino que se van construyendo con lo que sale bien. De ahí sus contradicciones y cambios bruscos.

Mucho menos se las escribe, porque la palabra escrita no da escapatoria.  Lo que sí tienen de común y de mucho,  es el uso de la más moderna publicidad  y la compañía de  repartos varios, alimentos, ropa,  cargos y planes asistenciales.  Sin vacilar en acudir  a interpretaciones muy particulares de la realidad, cuando no a  la lisa y llana mentira estadística y el manejo informativo.

Por lo general en nuestras  campañas electorales tenemos  discursos que van de lo  apocalíptico  en los opositores a los del tipo  “cajita feliz” que venden los oficialismos. Con bajo contenido formativo.

Buscando el por qué de esta realidad política electoral nuestra, parece que los  conceptos de Francis Fukuyama  del  fin de los tiempos, de la muerte de las ideologías y de la victoria de la economía neoliberal, han prendido entre nosotros,  quizás por el peso de los pesos puestos  a  buena parte de la clase dirigente, incluyendo a buena parte de la inteligencia. Quizás por renunciamiento ideológico o vagancia intelectual.

Así, cada gobernante nuestro termina creyéndose  la máxima expresión de la evolución política en el territorio que le toca gobernar. De ahí la adicción por las reelecciones y por hacer uso de lo que sea para lograrlas. Triunfa también así,  lo de “el fin justifica los medios”, con lo cual la ética  entra en coma profundo.

 

El individualismo.

Surge así y se alimenta un individualismo  que se viene imponiendo fuertemente en esta sociedad nuestra. El que  se expresa también en el deterioro claro e imposible de predecir hasta dónde y cuándo, de los partidos políticos y de las mismas  ideologías políticas; reemplazadas ambas por las adhesiones rayanas en el fanatismo,  a dirigentes personalistas surgidos más por las  circunstancias que por sus capacidades.

Han sido tantas las frustraciones nacionales, tanto los porrazos  políticos y económicos sufridos que hemos caído en un individualismo cortoplacista de sálvese quien pueda ya.   Este individualismo  se expande hasta el grupo familiar o al sector; pero hasta ahí nomás. Este individualismo invade  incluso las creencias religiosas y la educación, se transmite de generación en generación.  Se lo respira y vive. Y desde esta perspectiva se eligen gobiernos, legisladores y políticas.

La solidaridad está restringiéndose a ONG’s y similares que trabajan intensamente para tratar de paliar las muchas necesidades. Pero la solidaridad lamentablemente, no tiene correlato activo en la vida política argentina. La dádiva no es solidaridad.

 

El marketing.

Y mientras desaparecen  ideologías, partidos y  solidaridad,  aparecen para  prevalecer las leyes del marketing. El que  es capaz de imponer  cualquier  candidato haciendo olvidar las experiencias más negativas, tras una buena sonrisa,  buenas frases y mucho dinero.

Llegamos así a la clave del momento electoral argentino.  El cómo se vive en el presente  es lo que manda y el futuro son  las próximas elecciones. Todavía no se han realizado las verdaderas elecciones presidenciales, pero ya se habla de los candidatos para el 2015.

Esto es  decadencia política, que  deviene  en una administración del presente con mucha obra (provee de fondos al sistema), mucho clientelismo, poco empleo. Soslayando el futuro, salvo para pintarlo como venturoso si se sigue con los mismos gobernantes ad-infinitum.

Nuestra política  se centra en el hoy y carece alarmantemente de visión de futuro, excepto en lo retórico. Y es éste el ejemplo que se le da a las nuevas generaciones. Sin utopías, sin convicciones, salvo las materiales. Movidos por la adhesión casi fanática a personas, que agradecen con cargos, sueldos y honores.

 

Sólo el presente.

Esta concepción política termina poniendo al pueblo todo a que resuelva los próximos años de vida nacional en base a su actual bienestar o malestar.  El “marketing” se centraliza en eso. En el hoy, así sea necesario falsear estadísticas, esconder información, manipularla, apretar medios, periodistas, lo que sea.

Este es el dato clave para entender  ésta o cualquiera de las recientes elecciones. Se vota según  el momento. Incluso, según la dádiva o la promesa  que se reciba en esa semana o en el mismo día de elecciones.

No pesan  los pesares del  pasado más o menos reciente. Eso… ya pasó. El  después…  es para después,  ya se verá.  Siguiendo el lenguaje marketinero, cabe decir que nadie se hace cargo de los servicios de pos venta.

En el hoy intervienen todas las formas clientelares de nuestra vida argentina: planes sociales, asignaciones, impuestos, becas, contratos, subsidios, presiones,  etc.

De a poco la política dejó de ser la herramienta superadora de problemas, constructora de Bien Común, liberadora de personas y países, para ser  un apetecible negocio publicitario. Y es la publicidad la que termina imponiendo partidos, candidatos, propuestas, etc.  Interesan mucho más las leyes del marketing que la calidad, profundidad o veracidad  de las propuestas y de los mensajes.

Este centrar en el hoy hace olvidar los problemas, las  críticas, la corrupción, la inutilidad  y los pasados, incluso los muy recientes. Se sabe que  se miente, que hay enriquecimientos personales y familiares, que hay vocación de concentración y de perpetuidad en el poder,  incapacidades. Y más.  Pero pesa el cómo se esté en el momento. O como le hagan creer a muchos de que están bien.

Se dejan las ideas y se “vende” un producto-candidato, amable y sonriente.

Pasadas las elecciones será momento de la crítica, del pegarle a todo lo que sea política y políticos,  de las denuncias  y de  manifestarse de muchas e intensas formas. Pero  si se mantiene la economía  más o menos tranqui y segura en el momento de la próxima elección, nuevamente el marketing hará olvidar delitos y tropelías, para elegir según estén  los costos del turismo, las cuotas de los autos y los electrodomésticos en ese momento.

Se vota como se vota, según la economía personal o familiar del momento.  No por la calidad y el respeto de las instituciones democráticas, no por la efectiva y real  división de poderes, no  por la honestidad de los gobernantes.

Lo dicho va de la mano también con aquello de mejor malo conocido que bueno por conocer,  con estos ya sé cómo manejarme, roban pero hacen, etc.

Es el  temor al cambio,  uno de los datos más comunes de nuestra sociedad.  Con tanto  individualismo  y  cortoplacismo,   la propuesta de cambio es interpretada  a gusto de cada uno.  Si me está yendo bien ahora,  ¿de qué cambio me hablan? ¿Y si con ese cambio pierdo? No me importa si el de ahora roba, a mí me va bien, que siga. Después se verá.

Y dale con este círculo vicioso.  Vicioso y  maldito.

 

El pueblo… ¿se equivoca?

Y volvemos a la pregunta del título: El pueblo…¿se equivoca?

Así presentada la situación electoral, se puede decir que se acierta para el presente tal como  lo pintan.

Hay error en una visión solidaria e integral de la Patria y a futuro.

Hay error porque hay inducción al  error  desde el poder, la comunicación, la educación, la cultura y la publicidad. Hay error porque se hace  ver solo el presente y se lleva a decidir el futuro en base a un  presente dibujado,   falseado o mentido.

La desaparición de las ideologías, de  proyectos nacionales abarcativos, la decadencia de los partidos políticos, la claudicación dirigencial, llevan a nuestro pueblo  a no equivocarse en una visión  individualista (o sectorial) y cortoplacista. Y  a caer en errores desde la perspectiva  a futuro.

 

El gran error, el verdadero error, el inicial;  es el haber caído en la trampa del individualismo, del abandono de las ideologías, en  pensar a corto plazo y en  la propia  conveniencia

Este error es un dato del triunfo del neoliberalismo y de la dilución de una política nacional. Pero no todo es culpa de la acción de los pícaros o de los malos,  también lo es de la inacción o de los errores de los pretendidamente buenos, de los que tienen conciencia de esta realidad.

Tampoco cabe caer en la definitiva derrota por más negro que veamos el panorama. Si se lo pinta  duro y hasta  cruel, es para golpear conciencias. Para saber dónde estamos y por dónde hemos llegado hasta este aquí y ahora.

Es para que  recuperemos el humanismo trascendente como guía de vida, el amor a la Patria, a la solidaridad permanente y total,  al valor de las ideas, a la fuerza de las convicciones, a la cultura del trabajo, a una educación integral e integradora.  A todos los valores morales que han hecho fuertes a los pueblos a lo largo de la historia y que nos los devalúan a diario.

Hay que reconstruir la política argentina, dando buena, firme y larga batalla.  Hay que pelear  con el arma que esta politiquería ni conoce ni tiene: la ética.

Y educar desde allí. Será la única forma en que podremos salir todos de estos errores y poder construir solidariamente otra sociedad, aquella de la civilización del amor.

 

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